x

Uso de cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación.
Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies

Buscar ...


Capítulo final

   Abrió los ojos. Después de mirar a todas partes, se convenció de que nada tenía alrededor, fuera de lo habitual. Sin embargo presentía que algo había,… Algo, junto a él, se ocultaba,… Algo le hacía estar inseguro.

   Se levantó despacio y sin hacer ruido. Se sentía vigilado, como si “algo” calibrara sus más leves movimientos. Por eso no se calzó. Ni se vistió. Solo separó la sábana levemente y aguantó la respiración.

   Fue despacio hasta la cortina del balcón y miró detrás con cuidado de no moverla. Allí no había nada. Se agachó y miro bajo la cama. Solo algunas pelusas de polvo se dejaron ver.

   No había nada… y sin embargo estaba convencido de su presentimiento.

   Sonaron las diez en el reloj de la torre y un ruido seco se dejó oír tras la puerta, seguido de unas pisadas que se alejaban con cierta rapidez. Abrió con prontitud y no vio nada en el pasillo. Solo apoyado en el quicio de la puerta, una bolsa blanca, cerrada, descansaba en el suelo.

   No sabía que hacer si cogerla o no, por eso se quedó observándola. Después de un largo rato se decidió y la levantó del suelo. No tenía un peso excesivo. Decidió meterla dentro y mirar su contenido.

   La puso sobre la mesa de estudio y vio que, la bolsa, cambiaba de forma ensanchándose hacia el fondo. Apretó con su mano el exterior y sintió una cosa poco consistente.

   Decidido  metió la mano para sacarla y vio enrollarse sobre su brazo una masa informe y gelatinosa que empezó a extenderse cada vez más. Pronto había ganado su hombro y se enroscaba sobre su cuello. Unas largas prolongaciones con uñas salieron de ella y se dirigieron a sus ojos. Vio como amenazadoramente se aproximaban y… dejó de ver. Un fuerte dolor pareció romperle el cerebro, un fuerte y largo dolor que se fue prolongando mientras esos tentáculos barrenaban en su interior y succionaban y succionaban hasta dejar vacía su mente.

P. Santos

Escrito en Navafría a la hora de la siesta de una tarde calurosa de verano, hace diez años, sentado a la sombra del laurel.

 

Hunor



¡Sé feliz!

No te olvides de escuchar cada día Radio ¡Navafría mía!:

https://www.radionomy.com/es/radio/radio-navafriamia-/index

000
Deja ahora tu comentario...
ó conectate a miarroba y comenta con tu usuario
1000