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La Reme. 3.

Cuando hace un mes la operaron de los juanetes, nadie la venía a ver. Tampoco su nieto, a pesar de que le deja hacer lo que le viene en gana cuando la visita. Creo que ahí empezó de verdad nuestra "amistad" con ella. Le comprábamos el paquete de Ducados, y ella, muy agradecida, nos obsequiaba con una caja metálica de galletas de surtido Cuétara, de las que guarda para los invitados. Como el pie le dolía a rabiar, no nos entretenía demasiado. Y podíamos dar buena cuenta de las galletas en nuestro piso, con la tranquilidad de ser buenas vecinas.

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La Reme. 2.

Tanto, que tras una hora y pico de monólogo, cuando al fin atendió a las educadas súplicas de mis miradas y me dejó marchar, me los olvidé, y decidí mandar a Noelia a por ellos.

Noelia es una de mis compañeras de piso. Vive enamorada del amor (al dinero). Ya tiene un novio, pero no es suficiente (dinero). Como a la Reme no le gusta nada la novia de su nieto, intenta por todos los medios encontrarle una sustituta. Y Noelia es la primera en la lista. Porque estudia derecho, porque lleva tacones, y, lo más importante, porque no luce pantalones pitillo botas militares y una de esas cosas alrededor del cuello que llaman “palestinas”. La Reme vive a caballo entre la libertad y la opresión. Libertad que disfruta desde que su marido “desapareció” y la opresión de no saber muy bien cómo explicarle a su hija “que es una pija de Madrid”, que cuando su nieto viene a casa duerme con su novia (que por cierto, no le gusta nada) y fuma porros. Así, es moderna pero tampoco mucho. Y antigua, porque le gusta mirar por encima del hombro a la cajera del Gadis, (que qué se creerá ella, que no deja de ser cajera por muy mona que se ponga, y un respeto, que la Reme ha aguantado mucho a su marido para poder tener esa casa, esa posición, y esa cosa que se materializa una vez a la semana en la visita a la peluquería)

Al final le hemos cogido cariño a la Reme. Sobre todo, desde que sabemos que tiene un hijo que es bohemio, guapísimo y cuarentón. Y toca con unas chicas muy conocidas que salen en la radio. Según la Reme, son negras, pero son buena gente de todas maneras.

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La Reme. 1.

La Reme es nuestra vecina del primero. Vive pensando en la cita semanal en la peluquería, en que la cajera del Gadis le tiene manía y en el qué haremos las del tercero. La Reme tiene alrededor de setenta años, y no está jubilada porque como dice ella, nunca trabajó: aguantó “al gilipollas de su marido”.

No sabemos qué le pasó al marido de la Reme. Por lo general, habla de él como si estuviese muerto. Sin embargo, no tenemos la certeza de su defunción. Igual sólo ha sido un divorcio pero conociéndola, bien pudiera tratarse de un asesinato en primer grado.

En mi planta (sólo hay una vivienda por planta, es un edificio muy antiguo) vivimos seis. Y aún nos sobra un salón para hacer fiestas y la sala de la plancha, en la que no hemos planchado jamás. Sólo en caso de necesidad, algún invitado poco digno de acompañar en la cama a cualquiera de las inquilinas oficiales, ha planchado la oreja en un sucio y raído colchón que hemos recogido de la calle y que lleva la etiqueta “feos o indeseables”.

La Reme, por el contrario, tiene un montón de colchones limpios y libres, porque en la misma superficie, dos plantas más abajo, vive en la única compañía de una pila de fotos antiguas. Ninguna de su ¿difunto? marido, muchas de sus hijos y nietos. A veces, cuando subimos de hacer la compra, nos intercepta en el rellano. La Reme es experta en tender emboscadas. Prefiere, por lo general, una víctima sola. Dos hablan entre ellas, y suelen tramar planes de huida con mayor éxito. Pero una sola le asegura conversación durante, al menos, media hora.

Yo tenía un truco infalible: la bolsa de congelados. “no, Reme, no puedo pasar, de verdad, que se me descongelan los medallones de merluza”. No funcionó durante mucho tiempo. A la tercera ocasión en la que desplegué con arte mi excusa, me arrancó la bolsa de los dedos (y por dios, que opuse resistencia) y me plantó un “no pasa nada, ya te la guardo en el congelador”. Me quedé más fría que los medallones.

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los veis?

En fin.
Estoy aquí mientras toda esa banda de desgraciados (sí , me refiero a vosotros, los que habéis abandonado nuestra preciosa cuidad departamental) se emborrachan a ritmo de Straitjackets.
Medito sobre los orígenes de los errores de las estadísticas económicas, con la intención de no ser la más tonta de mi clase, y hacer un comentario más o menos acertado que me haga parecer un poco lista al lado de esa banda de gafotas repelentes.

musas de los escritos económicos, acudid! os invoco!

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Bitácora: los muñecos de plástico siguen ahí arriba. Han aprendido a caminar boca abajo y ahora pululan por toda la superficie del techo. Se mueven rápido, por lo que es imposible hacer un recuento exacto. Aproximadamente son una docena y media.
Me preocupan especialmente esos dos que pasan mucho tiempo apartados del grupo. Uno es azul con un rabo largo, parecido a un perro sin orejas. El otro (que tiene pinta de ser una hembra) es un ratón de orejas grandes. Es un bloque, tiene las piernas pegadas entre ellas, al igual que los brazos a lo largo del tronco. Dentro del bloque, unido a la pierna y a un brazo, tiene un trozo de queso con grandes agujeros.
El perro azul sin orejas camina sin dificultad por el techo, el ratón avanza a pequeños saltos, apoyado en su queso. Pasan la mayor parte del tiempo en una esquina, se ríen como adolescentes en celo y no se relacionan con los demás…

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Dame una cita, vamos al parque...

21/04/09

El tiempo nos acompaña. Si no puedo salir, al menos sacaré la cabeza por la ventana.
Tres citas a las que no podré asistir, por una simple causa de ubicación de mi personita en el lugar equivocado en la fecha y hora marcada para cada uno de los eventos.
Snif.

Miércoles:
SANTIAGO. SALA NASA :BIG SANDY & LOS STRAITJACKETS.

Jueves:
FERROL. CAPELA DO TORRENTE, NOVAS NOITES. PABLO SEOANE TRÍO.

A CORUÑA. TEATRO COLÓN. Tabú ResOrte (Tabú Revuelta). JAVIER MARTÍN.
Suerte en el estreno, meu!

Bitácora: En mi salón ya no hay temporal. Pero los muñequitos se han quedado colgados de la lámpara. Por eso, no enciendo la luz. Tengo miedo de que se derritan. Les he puesto una escalera con la estúpida esperanza de que bajen por ella, pero no quieren. Sólo son muñecos de plástico, me dicen...
Empiezo a tenerles miedo. Creo que se ríen de mi. Y alguno me mira con lujuria...

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