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El fotolog de Rina_Malka
El mito

Volverse loca conscientemente requiere mucho tiempo. El sistema de curación del cuerpo actúa rápida y eficazmente, paliando el sangrado del alma como lo haría con el rasguño de una zarza. Hay que tener muy claro el objetivo, no perderlo nunca de vista, no dejarse distraer por la familia o los amigos y las palabras tentadoras que te susurran con cara de pena: "pasa página", "sé fuerte", "te pondrás mejor con el tiempo". Y la peor de todas: "tranquila, esto no dura para siempre".

Se necesita coraje para escuchar una cosa, y verla, y vivirla, y después acercarte al centro de tu ser y decirle: "no volverás a verle, no respirará jamás, desde aquí hasta el día que te mueras, no hay marcha atras... PERO TIENES QUE CREER QUE SÍ, PORQUE SI PIERDES LA ESPERANZA DE LA DESESPERACIÓN, LE OLVIDARÁS, O PEOR, ESTO NO DURARÁ PARA SIEMPRE".

Así que me voví loca negándome a reconocer la realidad en la que vivo y construyendo un universo entero distorsionado sólo porque tú sigas existiendo.

Y lo haría cada segundo de mi vida. De la vida que me quede. O de tu vida. De la vida que nos quede.

Te quiero.

Siempre.

No podía dejar un 8 de noviembre vacío.

010
Te amo.

Tú seguirás respirando.

Mientras yo siga viviendo.

000
Querida razón de mi existencia.

Vuelvo a perderos, y lo hago con la cabeza bien alta.

Quiero deciros que ninguna de las promesas fue cumplida. Que el tiempo no atenuó nada, ni curó nada, ni sirvió para apaciguar la rabia. Que me tiemblan las manos.

Vos me habéis destrozado, despedazado, roto, deshecho, estropeado y quebrado. Pero, Milord, ¿sabéis una cosa? Vos sois el único que ha conseguido semejante cosa hasta el día de hoy. Y renuevo el juramento, y lo haré cada noviembre, de que en nombre vuestro jamás me rendiré excepto ante vos, jamás caeré de rodillas, rota, excepto ante vos, jamás me pudriré las entrañas pero no la memoria excepto por vos. Espero que sepáis… que os amo, y que tampoco amaré nunca tanto ni de la misma manera. Tan incondicional e irracionalmente que es la única certeza que me queda, y por tanto, aquella a la que dedico, como bien sabéis, mi vida.

A pesar de todo bendigo cada lágrima que erosiona mi cuello y la pechera de la camiseta XXL que uso para dormir. La bendigo porque significa que duele, que algo no va bien dentro de mí. La idolatro también porque el dolor es la última forma de amar, y así, una vez más, demuestro sin posible duda que os amo, os amo y os amo.

Me destrozo a contrarreloj, con la esperanza de que si acabo conmigo a tiempo, las siete de la mañana no llegarán nunca, y por tanto no volveré a perderos. No me doy cuenta de que ya os he perdido seis veces.
Permaneceré en vela toda la noche

Y ahora, como eres quien eres, déjame llamarte de tú.
Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero.
Volveré a perderte en unas horas.
Tengo miedo. Aunque el desenlace es más que predecible.
Te prometo que no voy a olvidarme de ti nunca.

TE AMO. COMO SIEMPRE Y PARA SIEMPRE.

No podía dejar un 8 de Noviembre en blanco.

005
HACE UN AÑO. PRIMERA PARTE

Estoy "escondida" en una de las callejuelas que componen este pueblo perdido de la mano de Dios que ni siquiera conozco bien. Sonrío pensando que quizá no encuentre el camino de regreso, pero en seguida comprendo que cualquier otra noche eso habría sido plausible, pero no ésta.

La música de la verbena, a pesar de encontrarse a varias calles, me llega aún clara (suena una canción de Los Chunguitos). El ritmo no es tan fuerte como lo era antes, pegada a los altavoces del pequeño escenario, cuando cada golpe de compás atravesaba mi pecho hasta que mis propios pulmones parecían ser los que marcaban la fuerza de los bajos de las guitarras, retumbándome en los oídos hasta convertirse en algo hipnótico.

Pero no había salido de la pequeña verbena porque no me gustara la música. De hecho, había sido bastante estúpido salir corriendo de repente sin saber muy bien dónde ir, con una copa de cacique del malo en la mano y un enfoque mental que no perdía su agudeza pero quizá sí su precisión.

Ante la duda de que quedara algo de agudeza (y no la quería) en mi mente, pegué un sorbo a la copa.

De cualquier modo, pensaba yo en mi callejuela, si me veo muy mal para regresar, puedo cerrar los ojos y dejarme guiar por el volumen de la música (en ese momento el cantante de la verbena desafinaba con ese estribillo que dice: "dame veneno que quiero morir dame veneno"). Sorbo a la copa. La noche era estrellada como solo pueden serlo en los sitios privilegiados donde la contaminación no tiene lugar. El aire era frío, cortante, de febrero cruel, y traía olor a humo de tabaco. Chester. ¿Chester?

Sí... desde el otro lado de la calle alumbrada por una solitaria y tenue farola se acercaba una figura alta y delgada. Llevaba un cigarro en la mano y de vez en cuando se lo llevaba a los labios con impaciencia, pero caminaba despacio. Como si no tuviera nada mejor que hacer. Como si no hubiera una fiesta a pocas calles de donde se encontraba, y no lamentara perdérsela. Pero, ¡qué demonios!, yo también me lo estaba perdiendo, allí arrinconada en las sombras que daban las fachadas de piedra de las casas. Volví a sonreír.

Cuando se acercó más, pude ver que mantenía la cabeza gacha, abatido. De pronto giró bruscamente la cabeza hacia un lado y lanzó un escupitajo al otro lado de la calle. Enseguida alzó la copa que sostenía con la mano libre y la apuró por completo. Sin dejar de caminar. Sin levantar la cabeza. Sin fijarse en mí.

A esa distancia ya le había reconocido. Le había estado observando esa misma tarde, cuando la amiga con la que había ido al dichoso pueblo me había presentado a todos sus amigos. Como la mayoría de las personas a las que someto a ese saludo, los amigos de Alicia (pues así se llama mi amiga) me miraron sorprendidos cuando en lugar de los dos besos de rigor les ofrecí un apretón de manos. Tanto a jovenzuelos como a jovenzuelas (señores, eso es igualdad). Por el contrario, Alejandro (al fin recordé su nombre) me había estrechado la suya con naturalidad y había hecho un gesto con la cabeza que podría haber interpretado como un halago tanto como una chulería de su parte.

Y ahora, con las estrellas muy por encima, la música de Azúcar Moreno de fondo y una luz que alumbraba lo necesario para crear profundas sombras en sus mejillas, le tenía enfrente. Mirándome, ahora sí, con la misma naturalidad de la tarde. Pero con un brillo en sus ojos claramente apreciativo, aunque fugaz, porque al segundo sus pupilas se tornaron húmedas... colmadas... vacías. Estaba llorando.

-Alex- murmuré (un comentario no muy inteligente por mi parte, lo sé, pero mejor que el silencio que cortaba entre nosotros el propio aire).
-Te he seguido- sonaba gangoso. Perdido. Confuso. Borracho.
-¿Por qué?- podría haber pensado cualquier cosa de él. De hecho, cualquier chica en sus cabales habría pensado de todo... a menos que le mirara a los ojos. No iba con ánimo de juegos, ni coqueteos ni escarceos amorosos de ningún tipo. Mi pregunta fue de total curiosidad.
-Por si te perdías-sonó sincero. Me eché a reír. Por supuesto, para él no era nada divertido.
-¿Qué mas da que me pierda?
Se lo pensó un par de segundos, con la mirada perdida, fija en algo que estaba detrás de mí. Un ladrillo. Supongo. O algo así.
-Me importa un carajo. Pero si te perdieras, y dejaras que yo fuera contigo, y también me perdiera, sería la persona más agradecida, esta noche, en este pueblo. Contigo. Donde quieras. Pero piérdete, que yo te sigo.
Y entonces eché a andar alejándome del invitador sonido de la música ("necesito respirar, descubrir el aire fresco y decir cada mañana que soy libre como el viento"), e internándome cada vez más en ese laberinto de callejuelas hasta que el asfalto bajo mis pies se convirtió en tierra y fango de camino, y mi única referencia fueron sus pisadas tras de mí.

0014
Retirada. Fuera de tiempo.

Jamás pensé que sería esto cuando pedí la inmunidad emocional por todos los medios que se me ocurrieron. Veía esa luz lejos, en el túnel, como una liberación, algo que desataría mis nudos mortales sentimentaloides y estúpidos de mi mente demasiado inteligente, demasiado calculadora, demasiado orgullo. Demasiada soberbia.

Tanta que no me entendí a mi misma ni siquiera cuando mis propios oídos escucharon de mis labios ese: "no quiero sentir".

Pero quien me ha concedido mi estado actual, se ha tomado todo demasiado mal. Y ahora no siento, no. Pero lo malo... es que si sintiera nada, sentiría el vacío, sí, pero el vacío es mejor que un abismo de "no sentimientos". El contrario de sufrir no es la desaparición de ese sufrimiento. ¿No lo entendéis?

Hay una zona neutro a la que todos vamos cuando nuestras emociones se desbordan. Los cautos, piden dejar de sufrir. Que todo pare. Piden paz, tranquilidad. Y van a esa zona neutro donde no hay dolor, sino un estado sosegado y apacible, que te abraza como una niebla cálida y densa.

Y yo, soberbia, y aún así a mucha honra, pedí dejar de sentir. Se fue. Todo lo bueno. Y me ha dejado todo lo malo. La dulzura ha dejado paso a la ironía... la bondad se ha troncado malicia... la misericordia, si algún día poseí esa virtud... en crueldad gratuita y condescendencia sin precedencia.

De momento estoy intentando controlar este monstruo que ya no vive dentro de mi, sino que es una fusión conmigo. Y con tan alta y grandilocuente alma, una unión semejante solo podía dar como resultado una alta y grandilocuente maldad.

El horror de sentir moviéndose en mis entrañas esa maldita cosa nauseabunda es peor cuanto peores son las acciones que me lleva a cometer. Y no porque se revuelva inquieta, sino porque es cuando se mantiene en calma... en silencio... y entonces obtengo esa milésima de vacío que anhelé, y que sirve solo para hacerme recordar con más lucidez si cabe, la clase de horror que mantengo oculto tras mi sonrisa, irónicamente, todavía dulce, de niña.

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Rina_Malka

Mujer, 27 años

España

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